Volver a jugar, a reír, a explorar…

De niños tenemos un mundo por delante a explorar, que es nuevo, nos sorprende y lo descubrimos a través de los sentidos, generando todo  tipo de experiencias. Las mismas se inscriben en nuestra memoria como recuerdos que generarán aprendizajes y harán más previsible el entorno. La fascinación, la alegría, la risa, el  placer, el  enojo y el  dolor, que puedan provocar estos estímulos en la temprana infancia, van perdiendo su intensidad en la medida que nos exponemos menos a situaciones nuevas.

Volver a explorar, a jugar, a reír (con la inocencia de quien no conoce, no sabe o no lo vivió)  es una invitación a reeditar y redescubrir un aspecto de un enorme potencial en nosotros mismos que en la adultez puede ir apagándose.

Vivimos un día a día  orientado hacia la obtención de resultados y metas, inmersos en una existencia marcada por la falta de tiempo y tareas rutinarias a realizar, que olvidamos  o descuidamos  el hacia dónde o el para qué o quién. A su vez, nuestro exceso de conexión con aparatos, que en teoría aumentarían la comunicación pero que en la vorágine suelen  convertirse en un fin y no en un medio, empobrece la esencia del encuentro entre personas. Este contexto puede contribuir a que se vaya  apagando la luz interna de la exploración.

El juego, el aprendizaje en sentido amplio (no sólo el formal), el humor, la risa, el buscar qué nos gusta hacer y qué nos divierte sin ningún resultado esperado, son recetas muy antiguas para una mejor calidad de vida.

Así como la práctica constante de la respiración profunda en cualquiera de sus formas es incompatible con estados de ansiedad, podríamos pensar que el buscar actividades placenteras, lúdicas, de exploración de nuestros sentidos, que nos permitan desplegar un potencial interior (no necesariamente vinculado a lo que hemos estudiado o con el trabajo que realizamos), puede traernos grandes beneficios.

Está en cada uno bucear en una búsqueda interior hacia los  recuerdos, los intereses, las motivaciones y los  valores para trazar el propio camino y elegir un primer paso a dar. Las grandes metas y decisiones,  en momentos de mucha euforia, se desvanecen al día siguiente si el cielo amaneció gris. Por lo cual, se recomienda comenzar de a poco conectándose con lo se quiere y se puede hacer.

Presentamos un listado, sólo como un repertorio posible, para ayudar en esta elección dentro de la amplia gama de alternativas que los seres humanos tenemos:

Escuchar la música que nos gusta; jugar con nuestros hijos, sobrinos o niños en general observando e imitando su capacidad de simbolizar y de goce sin reloj; practicar un deporte que nos agrade; caminar; estar en contacto con la naturaleza, con las plantas, el agua, y los animales; hacer jardinería; desarrollar cualquier actividad artística: pintura, cerámica, escultura, cine, literatura, tocar un instrumento o cantar; cocinar; pasear; conocer lugares nuevos; hablar con gente desconocida; ayudar a otros; retomar vínculos satisfactorios; ser agradecido y demostrarlo en actos; realizar actividades que nos divierta; leer; meditar; enseñar y compartir lo que sabemos….

En síntesis, regalarnos el tiempo para la reflexión y para mejorar nuestra vida como un primer paso para aumentar nuestro bienestar.

Lic. Cecilia Rodriguez Casey

 

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